Robert Murray, sacerdote jesuita y lector de las pruebas, percibe en El Señor de los Anillos una compatibilidad profunda con el orden de la gracia y encuentra resonancias marianas en Galadriel. Tolkien confirma que la obra es fundamentalmente religiosa y católica.
La dimensión fue en buena parte inconsciente durante la creación y más consciente al revisar. Por eso eliminó referencias demasiado explícitas a cultos o prácticas: el elemento religioso debía actuar en la estructura, las decisiones y el simbolismo, no como una institución trasladada mecánicamente al mundo imaginario.
Tolkien atribuye esa formación a la fe recibida desde niño y, especialmente, a su madre Mabel, que sostuvo su conversión pese a pobreza, oposición y enfermedad. La carta vincula la poética con una deuda biográfica sin convertir la novela en alegoría doctrinal.
Ante la publicación siente vulnerabilidad. Ha puesto en la obra convicciones y afectos profundos, y sabe que las reseñas alcanzarán algo más personal que una mera aventura editorial.

