Comentario
Entre 1911 y 1918, Tolkien perdió amigos, combatió en el Somme y empezó a dar forma escrita a su mitología. John Garth reconstruye esos años casi mes a mes, siguiendo cartas, poemas, movimientos militares y manuscritos tempranos. La precisión cronológica permite ver cómo una ambición artística nacida antes de la guerra atravesó una experiencia que alteró para siempre a su generación.
Tiene más sentido llegar después de una biografía general y de los primeros relatos del legendarium.
Garth reconstruye el grupo conocido como TCBS, formado por Tolkien, Christopher Wiseman, Robert Gilson y Geoffrey Bache Smith. Su amistad combinaba humor, ambición artística y la sensación de que debían realizar una contribución cultural significativa. La guerra dispersó al grupo y causó la muerte de dos de sus miembros más cercanos. Tolkien participó en la batalla del Somme y enfermó después, mientras continuaba escribiendo poemas, lenguas e historias que acabarían integrándose en el legendarium.
La reconstrucción cronológica del nacimiento de la mitología es el gran logro del libro. Garth sitúa poemas y relatos junto a cartas, movimientos militares y experiencias personales, mostrando qué ideas ya existían antes del frente y cuáles adquirieron nuevas resonancias durante y después. Esto impide afirmar que los orcos, las ciénagas o las batallas sean transcripciones directas de la guerra. Tolkien trabajaba con materiales anteriores —lenguas, mitos, literatura medieval—, pero la pérdida, la camaradería, la mecanización y la devastación dieron a esos materiales una gravedad vivida.
El estudio también permite entender la importancia de la supervivencia. Tolkien no regresó de la guerra con una explicación total de lo ocurrido. Regresó con la responsabilidad de continuar un proyecto que sus amigos habían tomado en serio y con la conciencia de pertenecer a una generación destruida. Los relatos sobre ciudades sitiadas, héroes caídos y bellezas amenazadas funcionan como una respuesta a esa realidad que evita reducirla a propaganda.
Leída después de El Libro de los Cuentos Perdidos, se reconocen mejor los textos tempranos que Garth analiza. Su investigación es minuciosa, pero la narración mantiene una intensidad humana que evita el tono de catálogo documental.
Garth permite entonces situar cada texto en una vida que todavía no sabía qué sobreviviría de sus proyectos. La contribución del libro está en su equilibrio: la guerra deja marcas profundas en la mitología, pero nunca la explica por completo ni la convierte en una alegoría del frente.
