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Un Vicio Secreto

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Lingüística tolkieniana

Un Vicio Secreto

por J. R. R. Tolkien

Año
2016
Editorial
Minotauro
Páginas
272
ISBN
978-8445079973

Edición académica del ensayo de Tolkien sobre la invención de lenguas ("Un vicio secreto", 1931), con edición crítica de Dimitra Fimi y Andrew Higgins. Fundamental para entender el origen y motivaciones de la glotogonía tolkieniana.

Comentario

Antes de inventar historias completas, Tolkien inventaba sonidos. Probaba fonéticas, dibujaba alfabetos y buscaba la combinación capaz de sugerir un pueblo, una historia y una belleza propias. Un Vicio Secreto reúne su conferencia sobre la creación de lenguas y materiales que revelan hasta qué punto aquella afición juvenil terminó organizando la Tierra Media.

Quien haya leído El Silmarillion reconocerá aquí que los nombres nunca fueron ornamentales.

Tolkien no presenta la construcción lingüística como un código para ocultar mensajes ni como un rompecabezas puramente lógico. Para él, una lengua posee una belleza sonora y formal que puede disfrutarse antes incluso de comprenderla. Crear palabras significa descubrir relaciones entre sonido y significado, imaginar cambios históricos, diseñar irregularidades y permitir que una forma sugiera el pueblo capaz de hablarla. La lengua construida alcanza profundidad cuando parece haber vivido: cuando contiene desgaste, préstamos, dialectos, errores y recuerdos de estados anteriores.

La idea más fecunda invierte la relación habitual entre idioma y mundo imaginario. Muchos autores inventan unas cuantas palabras para decorar una historia. Tolkien creó historias porque sus lenguas necesitaban hablantes, migraciones, parentescos y canciones. El quenya y el sindarin no fueron etiquetas añadidas al final a los elfos; participaron en el nacimiento de sus culturas y de la propia mitología. Un cambio fonético podía exigir una separación histórica entre pueblos. Un nombre podía preservar el rastro de una pérdida que todavía no había sido narrada.

La conferencia también defiende la legitimidad estética de esta actividad. Tolkien reconoce su carácter privado y absorbente, pero rechaza que sea infantil en un sentido despectivo. Inventar lenguas combina oído, imaginación, conocimiento y deseo de belleza. La utilidad cotidiana queda en segundo plano; basta con que la lengua posea coherencia y belleza para quien la crea. Su valor puede residir en la forma, igual que ocurre con un poema o una melodía.

La edición amplía el texto con borradores, notas y comentarios que revelan cómo evolucionó la conferencia y qué ejemplos consideró Tolkien. Estas capas convierten el volumen en algo más que un manifiesto: permiten observar el cuidado con el que intentaba explicar una pasión normalmente mantenida en privado.

Tras El Silmarillion o El Camino a la Tierra Media, la impresión dejada por los nombres élficos encuentra aquí su explicación más íntima. También resulta estimulante para escritores, lingüistas y creadores de mundos, aunque no ofrece un método paso a paso para diseñar idiomas. El momento más revelador llega cuando Tolkien describe el placer estético de una lengua inventada: antes de significar algo, una secuencia de sonidos ya podía prometerle una historia.