Tolkien reconoce ante Stanley Unwin que su respuesta anterior fue excesivamente larga. Había tomado muy en serio las observaciones de Rayner y se disculpa por una locuacidad alimentada por su gusto por el debate literario.
Rayner acaba de recibir el Libro II de El Señor de los Anillos. Tolkien desea que lo lea sin sentirse intimidado por la reacción del autor y que anote con libertad todo cuanto se le ocurra, tanto si disfruta del manuscrito como si no. La breve carta permite ver una cualidad importante de aquella relación editorial: Tolkien podía defender con vehemencia sus decisiones, pero reconocía el valor del lector que señalaba dificultades reales. Rayner, que había recomendado El Hobbit siendo niño, volvía a desempeñar un papel decisivo ante una obra mucho más compleja.
