Hugh Brogan lamenta los cambios de voz de la adolescencia y Tolkien le recomienda no forzarla durante la transición. Recuerda que un golpe en la garganta durante un juego brusco dejó la suya permanentemente ronca.
Admite después uno de sus puntos ciegos: en una época entusiasmada con el teatro, él suele encontrar aburrida la representación. La excepción es actuar personalmente, una diversión que disfruta aunque no está seguro de que resulte buena para el actor.
