En este pasaje descartado de la carta anterior, Tolkien reconoce haber empleado la palabra «magia» con demasiada libertad. La historia se interesa sobre todo por los motivos, elecciones y tentaciones, de modo que una explicación filosófica completa habría interrumpido el relato. Aun así propone una distinción aproximada entre magia, capaz de producir efectos reales, y goeteia, relacionada con la apariencia, el encantamiento o el engaño.
Ninguna técnica es buena o mala por sí sola. El criterio decisivo es su finalidad. Sauron utiliza el poder para quebrar personas y cosas, y el engaño para aterrorizar y someter. Los elfos y Gandalf emplean capacidades semejantes con moderación, para sanar, proteger o crear belleza. Sus efectos de apariencia son artísticos y no buscan privar al otro de libertad.
La diferencia profunda está entre arte y dominación. Para los elfos, hacer visible una imagen puede intensificar la experiencia; para el Enemigo, la imagen sirve para ocupar la voluntad ajena. Aragorn añade otro matiz: su curación parece mágica a los hobbits, pero combina conocimiento, autoridad y una herencia que ellos comprenden solo parcialmente.
Eduardo Segura relaciona esta concepción con la subcreación: el arte verdadero ofrece una forma que el receptor puede aceptar libremente, mientras que la Máquina exige resultados y obediencia. El borrador es valioso porque formula esa oposición con más precisión de la que podía permitirse la novela.
