Lord Halsbury lee el manuscrito de El Silmarillion con entusiasmo y urge a publicarlo mientras crece el éxito de El Señor de los Anillos. Tolkien comprende que debe mecanografiar y preservar todo el material utilizable.
El contraste llega con Åke Ohlmarks, traductor sueco, quien envía páginas de nombres alterados y una defensa arrogante de sus decisiones. Tolkien detecta contradicciones en su pretendido purismo y lo juzga menos cuidadoso que el traductor neerlandés.
La experiencia refuerza dos decisiones: exigir consulta temprana en futuras traducciones y construir un índice de nombres. Ese índice no sería accesorio, sino guía para relaciones lingüísticas que un traductor puede destruir sin advertirlo.
