Tolkien agradece a su tía Jane los comentarios sobre unos poemas antiguos. Revisarlos y pulirlos le ha resultado placentero, no una carga.
Rechaza adaptar la escritura a una idea empobrecida del niño. Considera inútil simplificar para quien no desea leer y perjudicial para quien sí posee curiosidad. Lamenta haber adoptado a veces ese tono en los primeros capítulos de El Hobbit.
Las palabras desconocidas forman parte del descubrimiento. Plenilune y argent producen placer sonoro antes de que el lector domine su significado. Es mejor encontrarlas dentro de un poema que como ejemplares secos de diccionario. Dos palabras pueden señalar la misma sustancia y, sin embargo, vestirla con sonidos, historia y asociaciones diferentes.
Para Tolkien, la escritura rebajada y los vocabularios artificialmente mínimos privan a los jóvenes de amor por el lenguaje. No defiende la dificultad ostentosa, sino el derecho del lector a crecer mediante encuentros que no han sido resueltos de antemano.
