Michael atraviesa dificultades profesionales y religiosas. Tolkien recuerda primero una advertencia de Joseph Wright: una universidad puede convertirse en fábrica de matrículas y honorarios, aunque la búsqueda del saber siga siendo una vocación verdadera.
Sobre la fe, afirma que implica voluntad sostenida por el amor. El escándalo causado por ministros necios o pecadores puede convertirse en tentación, pero no decide por sí mismo la verdad de aquello que administran.
Su consejo es acudir a la Comunión. Recomienda incluso recibirla en circunstancias que irriten el gusto: un sacerdote torpe, una iglesia ruidosa, fieles desaliñados o distraídos. El sacramento no se vuelve más verdadero en una ceremonia hermosa ni menos real entre personas poco edificantes.
El ejercicio combate la tentación de confundir fe con sensibilidad estética o aprobación de una comunidad. Tolkien no desprecia la belleza litúrgica, pero pide reconocer a Cristo allí donde el entorno humano ofrece pocas ayudas.
