Tolkien distingue dos materiales enviados a Donald Swann para The Road Goes Ever On. Las páginas caligráficas de «Namárië» y «A Elbereth Gilthoniel» sí fueron concebidas para reproducirse: debían mostrar un uso autorizado de las escrituras élficas junto al texto en alfabeto moderno.
Los comentarios lingüísticos eran otra cosa. Nacieron como una carta privada para un músico capaz de disfrutar lo que otros llamarían erudición inútil. Estaban escritos con prisa, mal organizados y en una letra inadecuada para reproducir o imprimir sin revisión.
La transcripción confirma el peligro: convierte palabras corrientes en disparates como «highballs» donde debía decir «high halls», además de deformar términos élficos. Tolkien se ofrece a reescribir y mecanografiar cuidadosamente el material, distinguiendo signos que su letra vuelve ambiguos.
La carta muestra que la autoridad lingüística no dependía solo de poseer la explicación correcta. Para enseñar pronunciación y escritura hacía falta diseñar una presentación legible, adaptar las indicaciones al público y controlar una cadena editorial incapaz de reconocer cuándo un tecnicismo se había convertido en absurdo.
