Tolkien explica qué ocurre con los barcos que parten hacia Aman. Los elfos autorizados navegan al oeste por el Camino Recto: desde la costa, la embarcación no desaparece bajo el horizonte, sino que se reduce con la distancia hasta abandonar el mundo físico. Quienes parten dejan la historia de la Tierra Media y no regresan para intervenir en ella.
Los Valar y seres de su mismo orden, como Olórin antes de ser Gandalf, poseen una naturaleza distinta y no dependen necesariamente de ese viaje material. Los mortales admitidos por gracia, en cambio, no reciben inmortalidad. Ni los Valar tienen poder ni derecho para cambiar su destino.
Para Frodo, Aman es un lugar de paz y curación. Puede permanecer allí un tiempo largo o breve, sanar de sus heridas y finalmente morir libremente. Tolkien lo compara con un purgatorio, pero la palabra describe una recuperación y preparación, no una transformación del hombre en elfo.
La carta distingue así dos ideas que el final deja deliberadamente abiertas: las Tierras Imperecederas no hacen imperecedero a quien las visita, y partir al Oeste no deshace la mortalidad. El mito conserva una catástrofe antigua detrás de la separación del mundo, pero no se presenta como geología literal.

