A los ochenta y un años, Tolkien responde durante varios meses a una serie de preguntas lingüísticas de Richard Jeffery. Empieza por la inscripción de Moria: pedo mellon significa «di “amigo”», no «habla amistosamente». Gandalf tarda en comprenderlo porque carga con prisa, miedo y responsabilidad; el acertijo era sencillo, pero la situación empujaba a buscar una solución solemne.
Quenya y sindarin ocupan lugares históricos distintos. En Gondor, el quenya era una lengua aprendida y honorífica comparable al latín culto, mientras el sindarin funcionaba como idioma de cortesía entre ciertos númenóreanos. Los reyes no necesitaban adaptar sus nombres quenya a la fonética sindarin. Entre los elfos, el quenya llevaba milenios sin transmitirse como lengua materna, y muchos nombres antiguos habían sido traducidos o acomodados al sindarin. Al final de la Tercera Edad podía haber más hombres que elfos capaces de usar alguna de estas lenguas.
Tolkien explica también Narsil mediante las raíces de fuego y luz blanca, asociadas al Sol y la Luna; relaciona las formas para «plata» en quenya, sindarin y telerin; y describe mutaciones consonánticas inspiradas en parte por el galés. Aragorn no significa «rey árbol» ni Arathorn «rey de los Dos Árboles». El elemento inicial procede probablemente de formas relacionadas con «rey», mientras Arathorn contiene una forma abreviada de «águila».
No todos los nombres admiten una reconstrucción perfecta. Para explicar algunos harían falta documentos históricos y lingüísticos que Tolkien nunca tuvo tiempo de inventar. Incluso dentro de una lengua viva pueden nacer palabras nuevas por eufonía, analogía o mezcla, sin seguir de manera impecable las leyes antiguas. Arnor y Gondor, por ejemplo, fueron conservados por su sonido y recibieron después una explicación histórica compatible con el sistema.
Tom Shippey ha destacado que esta disposición a reconocer irregularidades hace más verosímiles las lenguas: no son tablas cerradas, sino tradiciones sometidas al uso, la pérdida y la reinterpretación. Tolkien lamenta no poder ofrecer más material a los lectores filológicos, pero debe elegir entre ordenar lenguas o terminar nuevas leyendas. La carta funciona como un último y generoso regalo de Navidad, consciente de sus propios límites.
