Las cartas de Christopher llegan juntas y Tolkien responde mezclando inquietud paterna con observación cultural. Critica la radio cuando sustituye la escucha atenta por un ruido impuesto y defiende los modales de Jane Austen: sus convenciones podían contener la agresividad que permanece bajo la vida social, aunque no la eliminaran.
El episodio más divertido procede del Octavo Ejército. Un regimiento pide al profesor de Oxford que resuelva una apuesta sobre la pronunciación de Cowper. Tolkien explica con abundancia filológica que el apellido del poeta sonaba como Cooper y que la grafía conservaba una historia distinta de su pronunciación. Incluso en guerra, una cuestión lingüística podía dividir un comedor militar y encontrar en Tolkien un árbitro entusiasta.
La carta concluye con la añoranza de Christopher y con comentarios sobre Sudáfrica heredados de la experiencia de su madre. La erudición, el humor y la preocupación moral aparecen aquí como partes inseparables de la conversación entre padre e hijo.
