Ronald reflexiona sobre por qué los sermones son casi siempre malos. La respuesta, sospecha, no es simple. En parte porque «la retórica es un arte» que requiere (a) talento nativo y (b) aprendizaje y práctica. El instrumento es más complejo que un piano, y la mayoría de los predicadores están en la posición de quien se sienta al piano sin saber notas y espera mover a la audiencia.
El arte puede aprenderse (con algo de aptitud) y ser efectivo incluso sin sinceridad ni santidad. Pero la predicación se complica porque esperamos en ella no solo actuación, sino verdad y sinceridad, y también ausencia de vicios (hipocresía, vanidad) o defectos (necedad, ignorancia) en el predicador. Los buenos sermones requieren algo de arte, virtud y conocimiento. Los reales requieren gracia especial que no trasciende el arte sino que llega a él por instinto o «inspiración».
Aparece también un dato biográfico. Ronald se pregunta si Christopher llegará a Bloemfontein: «si llegas allí, me preguntaré si sigue en pie la vieja casa-banco de piedra donde nací (Banco de Sudáfrica)». Y si la tumba de su padre — Arthur R. Tolkien, muerto en 1896 — sigue allí.
