Tolkien consuela a Christopher, destinado en la guerra, y le da permiso para quejarse. Desde dentro, incluso los grandes planes se sienten como una carga impuesta a quienes carecen de control sobre ellos.
Teme que combatir al enemigo mediante sus mismos instrumentos produzca nuevos tiranos y convierta gradualmente a hombres en orcos. La victoria militar puede ser necesaria y, al mismo tiempo, alimentar el dominio de las máquinas y la deshumanización.
Le aconseja conservar su «hobbitismo» interior y recordar que ahora vive dentro de una historia enorme. Sospecha que parte de su angustia procede de una necesidad de escribir contenida, como las leyendas de Morgoth habían brotado en Tolkien durante campamentos, hospitales y refugios de la Primera Guerra Mundial. John Garth documenta ese vínculo entre experiencia bélica y creación sin reducir la mitología a alegoría del frente.
En medio de estas reflexiones aparece una noticia creativa: Faramir ha entrado inesperadamente en los bosques de Ithilien. Tolkien no lo había planeado ni pedido, pero el personaje se presenta con una identidad que el autor reconoce y decide seguir.


