Tolkien responde a una consulta sobre las capacidades lingüísticas de Geoffrey Chaucer. Lo considera un poeta extraordinario para la narración, pero un prosista limitado y un erudito laico más orgulloso de su aprendizaje de lo que sus conocimientos justificaban. Su dominio del latín bastaba para ciertos trabajos, no para una empresa inmensa y doctrinalmente peligrosa.
Traducir a Boecio era un ejercicio de escala y tradición muy diferentes. El texto había sido abordado por figuras como el rey Alfredo y la reina Isabel, mientras una versión completa de la Biblia habría exigido años, una preparación muy superior y la exposición a graves consecuencias religiosas y políticas. La respuesta combina juicio literario, historia de la traducción y el humor seco de Tolkien.
