Tolkien cuenta a Christopher una semana dominada por el cansancio docente. Ha descubierto que sus apuntes de Beowulf solo llegan hasta el verso 2200 y vuelve a preparar las clases casi al día. Una mañana llega empapado, cargado con pescado, tarde y con el cuello de la camisa deshecho, mientras el aula se oscurece hasta impedirle leer. El relato convierte la frustración académica en una escena cómica muy propia de sus cartas familiares.
En la cena anual de la Asociación Cateniana debe proponer un brindis. Después de recorrer brevemente la historia de esa costumbre desde los vikingos, sorprende al invitado pronunciándolo en anglosajón. Cierra con el chiste de una niña que dibuja a Dios y responde que, cuando termine, todo el mundo sabrá por fin qué aspecto tiene.
La carta resulta valiosa por el cruce entre erudición y vida ordinaria. Incluso agotado, Tolkien transforma una obligación social en historia lingüística. La mención de Sellic Spell, su intento de imaginar el cuento popular que pudo existir detrás de Beowulf, enlaza además esta semana doméstica con una de sus preocupaciones filológicas más constantes.
