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El Herrero de Wootton Mayor

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Obras menores de Tolkien

El Herrero de Wootton Mayor

por J. R. R. Tolkien

Año
1967
Editorial
Minotauro
Páginas
80
ISBN
978-8445079133

Una de las últimas obras publicadas en vida de Tolkien. Un herrero porta en su frente una estrella de hadas que le permite acceder al País de las Hadas, un reino de belleza y peligro. Una meditación sobre la creatividad y la tradición.

Comentario

En Wootton Mayor, la magia sobrevive bajo la apariencia de una costumbre local y un pastel festivo. La estrella que recibe el hijo de un herrero le permite cruzar a Fantasía, pero el verdadero relato comienza cuando ese don debe convivir con el tiempo, la responsabilidad y la certeza de que ningún privilegio pertenece para siempre a quien lo disfruta.

El protagonista, conocido como el Herrero, no utiliza ese privilegio para obtener riqueza o prestigio. Viaja. Ve bosques, montañas, costas y criaturas cuya belleza puede ser gozosa o terrible. Fantasía aparece como un reino soberano, ajeno a la lógica de un parque diseñado para complacer al visitante. El Herrero es recibido, tolerado o puesto a prueba; nunca se convierte en su dueño. En uno de los momentos más delicados del cuento, encuentra a la Reina de Fantasía y comprende que la gracia que lleva consigo no le pertenece de manera absoluta. Lo más hermoso del relato es su comprensión de la imaginación como don temporal. La estrella abre una puerta, pero llega un momento en que debe pasar a otro. Esa renuncia no invalida la experiencia. Al contrario: demuestra que el viajero ha aprendido a no confundir el regalo con una propiedad. Tolkien escribió la historia en una etapa tardía de su vida, y resulta difícil no percibir en ella una meditación sobre el envejecimiento, la creación y la despedida. El Herrero conserva la memoria de lo visto, aunque ya no pueda regresar del mismo modo. La pérdida es real, pero no convierte el pasado en engaño.

Frente a él se encuentra Nokes, cocinero engreído y limitado, incapaz de reconocer Fantasía incluso cuando la tiene delante. Su verdadera carencia es la humildad, pese a todos los conocimientos que presume poseer. Reduce lo maravilloso a decoración infantil y cree controlar aquello que apenas comprende. Tolkien no opone aquí fantasía y vida ordinaria; opone dos maneras de mirar. El Herrero trabaja, forma una familia y participa en su comunidad, pero sabe que el mundo excede lo útil. Nokes, en cambio, vuelve trivial cuanto toca.

Tolkien retrata así dos relaciones opuestas con la maravilla: la gratitud de quien la recibe como don y la vanidad de quien pretende administrarla desde un cargo cuyo sentido ya no comprende.

Su brevedad invita a leerlo de una vez, quizá entre obras más densas. Los niños suelen quedarse con las visitas a Fantasía; los adultos perciben con mayor fuerza el momento en que el don debe entregarse. Esa doble lectura es su singularidad: una historia delicada sobre la imaginación que reconoce el envejecimiento sin tratarlo como una derrota.