Comentario
Bilbo sale de casa preocupado por los pañuelos y regresa convertido en alguien capaz de reconocer un tesoro cuyo abandono vale más que su posesión. Entre ambos momentos hay trolls, acertijos, arañas, elfos, un dragón y una batalla; también una educación moral narrada con ligereza, humor y una precisión que permite leer la aventura a cualquier edad.
Para empezar con Tolkien, pocas puertas resultan tan hospitalarias.
Bilbo vive satisfecho en Bolsón Cerrado hasta que Gandalf y trece enanos convierten su casa en el punto de partida de una expedición. Thorin Escudo de Roble pretende recuperar Erebor, el reino bajo la Montaña, y el tesoro que el dragón Smaug arrebató a su pueblo. Bilbo ha sido elegido como saqueador, una función para la que no parece tener preparación alguna. El trayecto lo enfrenta a trolls, trasgos, lobos, arañas, elfos, acertijos y bosques que extravían tanto el cuerpo como la voluntad. La aventura decisiva está en ver a Bilbo actuar pese al miedo, el hambre, el cansancio y el deseo persistente de volver a casa.
El centro moral del libro es Bilbo como héroe de la medida. No conquista por ser el más fuerte ni aspira a convertirse en rey. Sobrevive gracias a la inteligencia, la suerte, la cortesía, la imaginación y una reserva moral que aparece con claridad en dos decisiones. La primera ocurre cuando puede matar a Gollum y no lo hace. La segunda, ya ante el conflicto por el tesoro, cuando se atreve a contrariar a Thorin para evitar una guerra. En ambos casos, Bilbo renuncia al gesto heroico más espectacular y elige una salida que preserva vidas. Esa clase de valentía discreta es una de las grandes aportaciones de Tolkien a la literatura fantástica.
Smaug, por su parte, es mucho más que un dragón guardián. Su conversación con Bilbo muestra cómo opera una inteligencia dedicada por completo a la posesión. No necesita conocer toda la verdad para sembrar sospechas: le basta con identificar el punto débil de quien lo escucha. Y cuando el dragón desaparece, el problema moral no termina. El tesoro continúa actuando sobre enanos, hombres y elfos, porque la enfermedad no estaba únicamente en la criatura que dormía sobre el oro.
Para volver a él después de El Señor de los Anillos, pocas son tan reveladoras: aparecen los tonos que luego crecerán, pero también una libertad cómica que la épica posterior ya no podía conservar. Todo termina concentrándose en Bilbo, un héroe cuya mayor conquista consiste en aprender a medir el valor de las cosas.
