Comentario
Un granjero práctico, un gigante corto de entendederas, un rey ceremonioso y un dragón con una sensibilidad exquisita para el lenguaje bastan para levantar esta pequeña comedia medieval. Egidio el Granjero de Ham pertenece al Tolkien juguetón, capaz de parodiar las gestas heroicas mientras construye una aventura sólida, ingeniosa y perfectamente legible para quien jamás ha pisado la Tierra Media.
Cuando un gigante invade sus tierras, Egidio consigue espantarlo casi sin proponérselo. La hazaña crece al ser contada y llega a oídos del rey, que le envía una espada antigua como recompensa. Más tarde aparece Crisófilax Dives, un dragón elocuente, codicioso y mucho más peligroso. Los caballeros de la corte, especialistas en ceremonias y precedencias, descubren que su esplendor sirve de poco ante una amenaza auténtica. Egidio, empujado a ocupar el lugar de héroe que nunca buscó, termina negociando, combatiendo y desbaratando las expectativas del rey. Todo el cuento brilla gracias a su humor filológico. Tolkien juega con nombres, etimologías, títulos pomposos y fórmulas medievales, pero el chiste nunca exige al lector conocer latín o inglés antiguo para funcionar. Basta con percibir el contraste entre el lenguaje grandioso y la realidad material: los caballeros se preocupan por el protocolo; el granjero, por volver vivo y obtener una compensación razonable. La espada Caudimordax posee un pasado legendario y reacciona ante los dragones, pero acaba en manos de alguien que no encaja en la imagen tradicional del portador heroico. Crisófilax actúa como un adversario inteligente: calcula, adula y busca conservar su tesoro.
Egidio no ridiculiza el valor; ridiculiza la idea de que el valor pertenece por derecho a quienes visten como héroes. El protagonista vence porque aprende, desconfía de las promesas solemnes y comprende mejor que la corte el mundo concreto. Su ascenso final también contiene una pequeña fantasía política: la autoridad legítima puede nacer de proteger a una comunidad, no de exhibir genealogías o reclamar tributos desde lejos.
El humor gana además cuando se advierte la parodia de las viejas crónicas: títulos grandilocuentes, genealogías y fórmulas heroicas quedan puestos al servicio de un hombre que preferiría conservar su granja. Esa fricción entre registro elevado y sentido común sostiene muchas de las mejores escenas.
Entre dos lecturas más solemnes, esta sátira devuelve a Tolkien su gusto por la fanfarronería, los equívocos y los nombres con doble filo. Se presta a la lectura en voz alta y gana mucho cuando se atiende al modo en que el lenguaje convierte a Egidio en héroe casi antes de que él mismo lo crea. Su pequeña joya es un dragón derrotado por la astucia verbal antes que por la espada.

