Comentario
Pocas historias ocuparon a Tolkien durante tanto tiempo como la de Beren y Lúthien. Volvió a ella en poemas, prosas y versiones sucesivas, como quien intenta acercarse desde distintos ángulos a una imagen que nunca termina de agotarse. Christopher Tolkien reúne ese recorrido y deja visible la transformación de un mito ligado tanto a la Primera Edad como a la relación de sus padres.
La línea esencial es conocida. Beren, un hombre mortal, llega al reino oculto de Doriath y ve danzar a Lúthien, hija del rey Thingol y de Melian, una criatura de naturaleza inmortal. Ambos se enamoran, pero Thingol impone como precio por la mano de su hija una empresa que parece concebida para provocar la muerte de Beren: arrancar un Silmaril de la corona de Morgoth. A partir de ahí, el relato atraviesa cautiverios, traiciones, metamorfosis, cantos de poder, la intervención de Huan y un descenso hasta la misma fortaleza del Enemigo. Sin embargo, reducirlo a una aventura heroica sería perder su corazón. La historia avanza gracias a la negativa de Lúthien a aceptar el papel pasivo que otros han previsto para ella.
Ahí aparece con especial claridad lo que hace irrepetible esta historia. Lúthien ocupa el centro activo de la misión de Beren. Es quien escapa, decide, rescata, canta, desafía a poderes superiores y altera el destino de ambos. Su amor no elimina la muerte, pero obliga al mundo a responder ante ella. Tolkien vuelve una y otra vez sobre esta unión entre mortalidad e inmortalidad porque encierra una de sus grandes intuiciones: amar a alguien supone aceptar que el tiempo no será igual para los dos y que ninguna felicidad terrenal puede quedar a salvo de la pérdida.
La versión publicada en El Silmarillion ofrece la línea más limpia; este libro entrega algo más raro, la persistencia de la historia a través del tiempo. Por eso encaja después de conocer aquella versión y resulta especialmente conmovedor cuando interesa el proceso creativo tanto como el argumento.
Las distintas versiones también dejan ver cómo la mitología se vuelve más profunda. Cambian nombres, genealogías, enemigos y tonos; el temprano Tevildo, príncipe de los gatos, cede su lugar a figuras posteriores; la balada en verso desarrolla escenas con una música distinta a la prosa; y los comentarios editoriales de Christopher permiten seguir esas mutaciones sin fingir que encajan perfectamente. El conjunto funciona como la biografía de una leyenda, hecha de avances, regresos y posibilidades descartadas.
Su tesoro es ver cómo una experiencia privada terminó convertida en mito sin dejar de ser íntima.

