Tolkien escribe a C. S. Lewis después de haber criticado con excesiva dureza un trabajo leído ante los Inklings, probablemente una parte de su historia de la literatura inglesa del siglo XVI. Distingue entre ofender y causar dolor: no cree que Lewis haya guardado resentimiento, pero comprende que convirtió algo importante para su amigo en ocasión de una «carnicería verbal». Reconoce que pudo haber observaciones justas y, a la vez, que las expresó sin la medida necesaria.
El centro de la carta es una reflexión sobre la vulnerabilidad del autor. Escribir no termina en la composición; publicar, incluso ante un pequeño círculo, expone algo del corazón de quien ha creado la obra. Tolkien se sorprende al descubrir esa herida desde el lado del crítico y admite que en ocasiones lo domina un impulso verbal en el que la pluma se adelanta al juicio. La crítica, concluye, debe comportarse menos como un médico salvaje y más como una corrección consciente del daño que puede producir.
También rechaza el rumor de que le moleste habitualmente la manera ruidosa de Lewis o el comportamiento de Hugo Dyson. Recuerda con afecto el estruendo del Bird and Baby y asegura que sus ausencias recientes se deben al cansancio y a obligaciones familiares. No está rompiendo con el grupo; intenta reparar una amistad.
Humphrey Carpenter describe a Tolkien como un hombre especialmente cómodo en pequeños círculos de confianza. Esta carta muestra el esfuerzo necesario para conservar uno de ellos. Su valor está en que evita la imagen idealizada de los Inklings como armonía permanente: la amistad literaria incluía competencia, susceptibilidad, desacuerdos y la capacidad de pedir perdón.
