Tolkien comunica a Stanley Unwin que El Señor de los Anillos está terminado, aunque todavía requiere revisión. La obra se ha vuelto mucho más larga, compleja y oscura de lo previsto: calcula unas 600.000 palabras antes de añadir materiales complementarios.
Ya no la considera una verdadera secuela de El Hobbit, sino la culminación de El Silmarillion. Por eso insiste en publicar ambos conjuntos relacionados y rechaza una compresión radical que destruya su arquitectura.
La postura pone en riesgo cualquier contrato, pero responde a una convicción artística: los hobbits entraron en un mundo anterior y solo adquieren toda su profundidad dentro de esa historia. Al mismo tiempo siente alivio por haber expulsado de sí una narración que lo había ocupado durante años.
