Tolkien responde a Stanley Unwin, que había propuesto repartir el conjunto en tres o cuatro volúmenes relativamente independientes. Comprende la buena voluntad del editor, pero percibe también que la enorme extensión convierte el proyecto en algo más parecido a una obra subvencionada que a una publicación comercial corriente.
Distingue dos unidades naturales: el ciclo del Silmarillion y El Señor de los Anillos. Este último puede encuadernarse en varios tomos, pero sus seis libros narrativos no son relatos autónomos. Una división física sería posible; fingir que cada parte se sostiene sola deformaría la estructura. Tolkien reconoce sus propias dudas: quizá muy pocos lectores soporten la longitud y una publicación escalonada podría perder impulso antes del final.
No acusa a Allen & Unwin de incumplir una promesa. La editorial había pedido una continuación de El Hobbit, mientras que él ha producido una obra distinta en tono, público y escala. También le preocupa la recepción modesta de Farmer Giles, aunque imagina otros cuentos del mismo reino.
Humphrey Carpenter sitúa este intercambio en el momento en que Tolkien empieza a apartarse de Allen & Unwin y a confiar en Collins. La carta es valiosa porque muestra el conflicto entre unidad artística y fabricación material del libro mucho antes de que los tres volúmenes conocidos parecieran una forma inevitable.
