Tolkien envía la versión coloreada del frontispicio — «La Colina: Hobbiton al otro lado del agua» — y aclara ante Houghton Mifflin la situación de sus otros dibujos: los tres primeros no eran ilustraciones de El Hobbit, sino simples muestras; los cinco siguientes sí lo son. Menciona que atraviesa dificultades económicas — sobre todo por gastos médicos — y pregunta con delicadeza si podría solicitar «una pequeña consideración financiera» por los dibujos hechos para Norteamérica. Acompaña la carta con un comentario al pie de sobrecubierta que Allen & Unwin ha redactado y con el que no está del todo cómodo.
El comentario a la solapa es magnífico como retrato de escritor riguroso. Tolkien impugna palabra por palabra: no tiene «nursery», no considera su asignatura «abstruse», rechaza la comparación con Lewis Carroll — más bien acepta el paralelo con A través del espejo — y aclara que la mitología, los nombres y los personajes proceden de sus invenciones inéditas, conocidas solo por su familia, Miss Griffiths y Lewis. Es la voz de un hombre que sabe exactamente qué es su obra y no permite que se caricaturice.
Como analiza Douglas A. Anderson en The Annotated Hobbit (2002, ed. revisada), el frontispicio de «La Colina» se convertiría en imagen icónica de Hobbiton para varias generaciones. La referencia a «invenciones inéditas» apunta directamente al [Silmarillion](https://arcastar.com/tolkien-obra/el-silmarillion/), que Tolkien ya llevaba veinte años escribiendo pero que no se publicaría hasta 1977, cuatro años después de su muerte.
