Tolkien responde a Caroline Everett, que prepara una investigación sobre su obra, pero desconfía de la biografía como llave automática de la crítica. El dato biográfico que más lo asombra es haber terminado El Señor de los Anillos: solía comenzar proyectos sin concluirlos, y esta narración logró reunir en su curso muchas de las cosas que más amaba o detestaba.
Habla de Hoja, de Niggle, escrito casi de una sentada a partir de su amor por los árboles y del temor de que la gran obra quedara inacabada. Comenta también a E. R. Eddison: admira su fuerza literaria y la credibilidad de sus mundos, pero rechaza su exaltación de la arrogancia y la crueldad, así como una nomenclatura que considera descuidada. La admiración, por tanto, no equivale a influencia.
La historia avanzaba por descubrimiento y corrección. Tolkien trazaba esquemas, pero rara vez resultaban útiles durante mucho tiempo. Al aparecer una nueva dirección, reescribía capítulos anteriores para que la preparación pareciera orgánica. Mantenía un calendario de varias columnas con la posición y las acciones de cada grupo en cada día. Ese control era indispensable cuando Frodo y Sam, Aragorn, Rohan y Gondor seguían líneas narrativas separadas.
El último volumen planteó el problema más difícil: cómo hacer que Aragorn llegara inesperadamente al Pelennor sin ocultar al lector todo lo ocurrido en los Senderos de los Muertos. Contarlo antes habría destruido la sorpresa; explicarlo después habría detenido la acción. La solución fue reducir un episodio que pertenecía más a una posible saga de Aragorn y recuperarlo durante la pausa posterior a la batalla.
Tom Shippey destaca que la sensación de historia profunda procede tanto del material previo como de este trabajo de sincronización y perspectiva. La carta desmonta la oposición entre inspiración y técnica: Tolkien podía sentir que descubría lo sucedido y, al mismo tiempo, someter cada descubrimiento a calendarios, reescrituras y decisiones de montaje muy conscientes.
