En una parte de una carta a Christopher escrita años después y nunca enviada, Tolkien reflexiona sobre los «vientos malos». No cree que la adversidad posea siempre una maldad propia: su efecto depende de cómo se la recibe y de la medida con que juzgamos pérdida y fortuna. Los golpes más difíciles son aquellos que parecen consecuencia de nuestras propias decisiones.
Desde ahí pasa a la sexualidad y el matrimonio, que considera bienes humanos profundamente desordenados por el abuso. Su diagnóstico oscila entre dos extremos históricos: el deseo sin gobierno y el rechazo del cuerpo. Recuerda que determinadas corrientes cristianas reaccionaron con excesivo rigor ante prácticas del mundo antiguo, pero distingue esas reacciones de la enseñanza completa de la Iglesia.
Como contrapeso cita el poema medieval Purity, donde el amor conyugal se describe como uno de los grandes deleites dispuestos por Dios. La carta no ofrece una teoría sistemática ni una solución sencilla; es una meditación personal, consciente de que la cultura moderna suele ocultar estos asuntos bajo la ligereza o el sarcasmo.
