Tolkien responde a un artículo de George Bailey que retrata a C. S. Lewis mediante anécdotas desdeñosas. No niega sus rarezas ni que pudiera resultar irritante, pero rechaza la imagen de un hombre que actuaba siempre para llamar la atención. Su humor era espontáneo y no una representación continua.
Considera especialmente falsa la acusación de que sus opiniones literarias nacieran de envidia. Lewis podía rechazar a T. S. Eliot con intensidad sin aspirar por ello a ocupar su lugar como poeta.
Para desmontar la figura del candidato resentido recuerda el día en que Lewis perdió la elección a la cátedra de Poesía. Sus amigos lo encontraron tranquilo en la taberna y fue él quien tuvo que pedirles que dejaran de comportarse como derrotados. Tampoco buscó con ansiedad la posterior cátedra de Cambridge: la universidad lo llamó y sus amigos apoyaron el cambio porque estaba exhausto después de décadas de docencia.
La carta defiende a Lewis sin convertirlo en santo ni ocultar las diferencias entre ambos. Tolkien reclama una memoria proporcionada, basada en una amistad larga y no en una colección de gestos interpretados con mala voluntad.
