Una lectora británica envía a Tolkien unos versos recogidos de un amigo que los había aprendido de oído en Washington. Se trata de una versión de su poema «Errantry» y el caso lo fascina como ejemplo moderno de transmisión oral.
El texto conserva sigaldry, palabra tomada de una fuente del siglo XIII y apenas documentada después. Al mismo tiempo, la memoria altera versos y pierde elementos porque quien los transmitió no dominaba por completo el metro.
La anécdota permite observar en pocas décadas los mismos procesos que los filólogos reconstruyen en literatura antigua: conservación de una forma llamativa, variación y ajuste imperfecto al ritmo.
