Tolkien corrige unos versos de C. S. Lewis que imaginan una conversación entre ambos sobre dragones. La escena es ficticia y tampoco reproduce con exactitud ciertos recursos métricos del inglés antiguo.
Propone, sin embargo, una posible semilla para la broma. Lewis le había contado que el reservado estudioso F. E. Brightman escuchó en silencio una discusión sobre dragones y al final afirmó haber visto uno. Preguntado por el lugar, respondió «en el Monte de los Olivos» y nunca explicó la frase antes de morir.
El encanto de la anécdota reside en esa explicación ausente. Una afirmación imposible queda suspendida entre experiencia, humor y misterio, lista para convertirse en verso.
