Tolkien recuerda el viaje a Suiza de 1911 como una de las experiencias geográficas que más lo marcaron. El descenso de Bilbo desde Rivendel por laderas pedregosas hasta los pinares procede en parte de aquellas caminatas, y el Silberhorn visto junto a la Jungfrau reapareció transformado en el Celebdil de sus sueños.
Evoca momentos cómicos y peligros reales. Un juego de construir presas terminó enviando una masa de agua hacia una anciana que acudía con su cubo. En el glaciar Aletsch, una roca desprendida por el calor pasó entre Tolkien y la excursionista que caminaba delante, a poca distancia de sus piernas.
La carta cambia después hacia la crisis de la Iglesia tras el Concilio. Comparte con Michael la sensación de que el antiguo refugio puede parecer ahora una trampa, pero mantiene la lealtad porque no encuentra otro lugar al que ir. Se pregunta si los primeros discípulos experimentaron una fidelidad semejante, sostenida incluso cuando la comprensión y el consuelo desaparecen.

