Tolkien agradece a Amy Ronald un regalo y cuenta que lo ha gastado como quien equipa una nave para una larga travesía: compró borgoña, oporto, jerez, algunos licores y champán para Navidad, aunque dejó el brandy porque nunca aprendió a apreciarlo.
La imagen de la navegación se extiende a su nueva casa. Vista desde el jardín, le parece un barco o un arca depositada por una ola mientras dormía, tranquila pero todavía extrañada ante el lugar donde ha despertado. Es una miniatura doméstica llena de imaginación: la mudanza deja de ser inventario y se convierte en la llegada incierta a una costa nueva.
