Tolkien propone una inscripción muy sobria para la tumba de Edith: nombre, fechas y «Lúthien». Pide a sus hijos que no interpreten el último nombre como sentimentalismo o apodo caprichoso.
Nunca llamó habitualmente Lúthien a Edith. Ella fue la fuente remota de la historia: en 1917, durante una estancia cerca de Roos, bailó y cantó para él en un claro cubierto de flores blancas. Aquel recuerdo se transformó con los años en Beren y Lúthien, centro emocional de El Silmarillion.
Tras su muerte, Tolkien se siente abandonado en la posición inversa al mito. No puede discutir con Mandos ni recuperar a quien se ha marchado. La inscripción une, por tanto, una memoria privada y una obra compartida durante toda la vida.
Una posdata contrasta el duelo con la escala pública alcanzada por sus libros: en las oficinas de Allen & Unwin descubre que una parte considerable de la organización trabaja ya en gestionar ediciones y pedidos de su obra.

