Ronald acude a Magdalen a las nueve y ve a Joad. Excepto en la cara, el filósofo no solo se parece mucho a un sapo, sino que es de carácter muy parecido al Mr Toad de Toad Hall — y Ronald percibe ahora que el autor de la broma era más sutil de lo que había creído. Aun así, encuentra a Joad inteligente, amable, y coincide con él en muchos puntos fundamentales. Joad tiene la ventaja de haber estado en Rusia — y detestarla. Cuenta que las «ciudades nuevas» no se elevan por encima del nivel de Willesden, y el campo no se eleva en absoluto: si uno toma un tren, mira por la ventanilla, lee un libro unas horas y vuelve a mirar, no hay nada que indique que el tren se ha movido.
Retrato de la Rusia soviética en tres pinceladas: monotonía visual, pobreza arquitectónica, tedio como paisaje. Que se lo cuente Joad — filósofo popular, converso reciente — le añade autoridad, más aún cuando Ronald mismo llevaba años sospechando de la URSS. La broma final sobre el sapo de Toad Hall se convertiría en fórmula recurrente Inkling.
