Ronald no ha visto a C.S.L. ni a Williams en semanas. Nada de diversión, ninguna nueva idea, «ni siquiera una broma pequeñita». Nada que leer, y los periódicos solo con «la Teheranada». Pero llega el pasaje central: el temor por lo que llama el «Americo-cosmopolitismo». Cuando los americanos hayan introducido su «higiene sanitaria, ánimo de propaganda, feminismo y producción en masa» a lo largo de todo el Cercano, Medio y Extremo Oriente, la URSS, las Pampas, el Gran Chaco, la cuenca del Danubio, el África Ecuatorial, «Mumbo-land Interior y Exterior», Gondwanaland, Lhasa y las aldeas del Berkshire más profundo — «qué felices seremos».
Y una declaración de amor identitaria: «amo a Inglaterra (no a Gran Bretaña, y desde luego no a la Commonwealth británica: ¡grr!)». Añade que si tuviera edad militar estaría refunfuñando en algún servicio combatiente, dispuesto a ir hasta el final. La palabra clave es Inglaterra, no imperio.
Retrato de la sensibilidad política tolkieniana en 1943: cristiano, monárquico moderado, patriota inglés, alérgico al imperialismo tanto británico como estadounidense, sospechoso de la homogeneización global. El eco cultural apunta a lo que hoy llamaríamos crítica de la globalización — sesenta años antes.
