Una de las cartas espirituales más importantes del volumen. Ronald no tiene ya nada práctico que ofrecer a su hijo lejano salvo la oración. Le da un consejo: practica la religión lo mejor que puedas, aprovecha los sacramentos — especialmente la Confesión — y reza. Reza de pie, en coches, en momentos en blanco de aburrimiento. No solo oración de petición.
El texto recoge además la teología del ángel guardián: no una señora regordeta con alas de cisne, sino — como Ronald lo imagina — el punto luminoso donde el cordón umbilical espiritual toca al alma. Un ángel que mira en dos direcciones: hacia Dios detrás, y hacia nosotros. Le pide que aprenda de memoria las oraciones de alabanza latinas: el Gloria Patri, el Gloria in Excelsis, el Laudate Dominum, el Laudate Pueri Dominum del que es especialmente devoto, el Magníficat, la letanía lauretana. «Si las tienes de memoria, nunca te faltarán palabras de alegría». Y además el Canon de la Misa, para poder decirlo en el corazón cuando las circunstancias impidan oírla.
Cierra con un verso del Exeter Book en inglés antiguo — «Longað» — que traduce: «menos sufre añoranza quien conoce muchas canciones». La añoranza envejece con los siglos, dice, «no necesariamente causada por la tristeza, sino afilada por ella». Un padre entregando a su hijo lejano el arsenal espiritual de siglos.
