Christopher ha partido para Sudáfrica, donde se entrenará como piloto. Ronald inicia aquí una serie numerada de cartas — «Fæder his þriddan suna» («padre a su tercer hijo» en inglés antiguo). Cuenta que ha pasado la noche en el Cuartel General del Condado en una habitación fría y húmeda, con Cecil Roth, el gran historiador judío, como compañero de infortunio. Los dos se pasaron hablando hasta pasada la medianoche. Ronald lo describe como «encantador, lleno de gentileza en todos los sentidos».
El detalle que marca la carta: cuando se retiraron, Roth le prestó su reloj a Ronald para que no perdiera la misa, y a las siete menos diez el propio Roth vino a despertarle, sin necesidad. «Parecía un vislumbre fugaz de un mundo no caído». Ronald, que ya estaba despierto pensando razones por las que no ir — cansancio, no haberse afeitado, no haberse lavado —, quedó decidido por la mirada sombría del gentil judío hacia su rosario junto a la cama. A las 7:15 estaba en St Aloysius, a tiempo para confesarse antes de la Misa.
Uno de los momentos más luminosos del volumen. Una escena de hospitalidad interreligiosa en pleno Holocausto: un judío ayudando a un católico a rezar. El gesto se convertiría en emblema — cuando todo el continente ardía, dos hombres compartían habitación fría y palabras hasta pasada la medianoche.
