Ronald ha vuelto a mordisquear El Hobbit. Ha empezado un trabajo doloroso sobre el capítulo que recoge las aventuras de Frodo y Sam de nuevo, y para reafinarse ha estado copiando y puliendo el último capítulo escrito («La piedra de Orthanc»). El sábado fue día memorable. Se levantó a las 9, tomó el tren a Birmingham y en el carruaje se encontró con un oficial de la RAF y un americano de Nueva Inglaterra muy simpático. Aguantó su parloteo hasta que oyó al yanqui hablar del «feudalismo» y sus efectos en las distinciones de clase inglesas. Entonces abrió una andanada.
El pobre bobo no tenía la menor idea de lo que era «feudalismo». Ronald le dijo que su acento sonaba a inglés «pasado por una esponja sucia», y que la relación del inglés con porteros, mayordomos y comerciantes tenía tanto que ver con el feudalismo como los rascacielos con los tipis indios. Al final, se hicieron amigos y tomaron un café malo. Pasó luego por el sitio de su antigua escuela: un edificio nuevo horroroso «de tercera categoría», donde antes había uno «mejor que la mayoría de los colegios de Oxford».
Encuentra a antiguos compañeros: un consultor cirujano que gana 5.000 libras al año, un Boss de ICI, alguien mandando el Decimocuarto Ejército. Vuelve a Oxford con el sombrero nuevo envuelto en un periódico por la lluvia. Un día en el que caben nostalgia, discusión política, memoria escolar y humor victorioso.
