Tolkien contempla con angustia el sufrimiento acumulado por la guerra: separación, tortura, muerte e injusticia a una escala que ninguna persona puede abarcar. Imagina que, si ese dolor pudiera verse, envolvería el planeta como un vapor oscuro.
Sin minimizarlo, distingue el juicio histórico del valor eterno de cada acción. Las causas y los resultados visibles no agotan lo que una vida significa; el mal puede triunfar durante mucho tiempo y, sin proponérselo, preparar el terreno para bienes inesperados. En ese marco confiesa que Christopher fue para él un don recibido en una época de sufrimiento y una anticipación de la continuidad del amor más allá de la muerte.
La carta informa también del avance de la novela por los Pantanos Muertos e Ithilien. Sam ha visto por fin un olifante, y Tolkien comparte su entusiasmo mientras el relato se acerca a Mordor. La creación no borra la guerra, pero ofrece una forma de pensar la esperanza dentro de ella.
