Comentario
La segunda mitad de los Cuentos Perdidos lleva aquella mitología temprana hacia algunos de sus episodios más poderosos: la caída de Gondolin, el viaje de Eärendel y los primeros intentos de enlazar el mundo legendario con la historia humana. Leer estas versiones produce la sensación de contemplar una catedral antes de que sus planos quedaran fijados.
La lectura pide continuidad con el primer tomo y cierta tolerancia hacia lo inacabado.
La experiencia de lectura es fascinante porque las historias resultan familiares sin ser todavía las que conocemos. En El cuento de Tinúviel, Beren no pertenece aún a la humanidad tal como quedará definida después, y el antagonista principal incluye a Tevildo, un príncipe demoníaco de los gatos cuya presencia sorprende a quienes llegan desde El Silmarillion. El relato de Turambar ya contiene la fatalidad que marcará a Túrin, aunque personajes, parentescos y episodios todavía están en movimiento. La caída de Gondolin, en cambio, posee desde muy temprano una potencia narrativa extraordinaria: ejércitos, máquinas, criaturas y calles en combate convierten el desastre de la ciudad escondida en una visión casi apocalíptica.
La versión primitiva de Gondolin es el hallazgo más poderoso del volumen. Tolkien escribió pocas narraciones completas de gran extensión sobre la Primera Edad, y esta conserva una energía inmediata que las síntesis posteriores no reproducen. La ciudad no cae como un dato remoto de crónica: cae casa por casa, puente por puente, entre actos de heroísmo, traición y terror. También se percibe la importancia temprana de Eärendel, figura destinada a unir los grandes ciclos del legendarium y a llevar la historia más allá de la derrota.
Alrededor de los relatos, Christopher Tolkien reconstruye el desarrollo de nombres, conceptos y conexiones. Su comentario muestra cómo una mitología puede conservar su núcleo emocional mientras cambia casi todos sus mecanismos. La lucha contra un poder oscuro, el amor que desafía jerarquías, la ciudad secreta condenada por la traición y el viajero que lleva una esperanza al oeste ya están presentes; lo que falta es la forma final que los integrará. El lector ve a Tolkien probar caminos, no simplemente corregir errores.
Eärendel ocupa un lugar decisivo porque reúne el mar, el cielo y la esperanza de los exiliados. Sus primeras formas todavía difieren mucho del navegante de El Silmarillion, pero ya poseen la imagen que acompañó a Tolkien durante toda su vida creativa: una luz errante sobre un mundo herido.
A cambio entrega versiones de Gondolin y Eärendel con una amplitud que desaparecería en las síntesis posteriores. Su aportación más emocionante reside en esa desmesura juvenil: Tolkien aún desconocía los límites de su mundo y escribía como si pudiera contenerlo entero.
