Comentario
La victoria ocupa menos espacio del que cabría esperar en El Retorno del Rey. Tolkien dedica tanta atención a las heridas, las despedidas y el regreso a casa como a los Campos del Pelennor o a la caída de Sauron. La última parte de la obra encuentra su fuerza en esa resistencia a convertir el final en una celebración sin residuos.
La narración sigue dos movimientos que parecen avanzar en direcciones opuestas. Mientras Gandalf y Pippin llegan a Minas Tirith y contemplan cómo Gondor se prepara para una guerra desesperada, Frodo y Sam penetran en Mordor casi sin ayuda, reducidos a su voluntad, su amistad y los últimos restos de comida. En el oeste se reúnen ejércitos, estandartes y linajes; en el este, la misión decisiva depende de dos hobbits exhaustos que nadie puede ver. Tolkien mantiene ambas escalas hasta demostrar que la historia pública y el sacrificio invisible son inseparables. Su decisión más audaz es negar la fantasía fácil del héroe invulnerable. Frodo llega al final y fracasa en el instante definitivo: no entrega voluntariamente el Anillo. La misión se cumple por una cadena de misericordias anteriores, especialmente por haber perdonado a Gollum. La compasión que parecía una debilidad acaba actuando donde la fuerza ya no puede hacerlo. Esto no reduce el mérito de Frodo; lo vuelve humano. Nadie puede cargar indefinidamente con un poder así y salir intacto.
También Aragorn alcanza el trono de una manera significativa. Su legitimidad descansa en décadas de servicio, renuncia y curación, además de en la sangre. Antes de ser coronado, ha vivido como montaraz, ha protegido a quienes ignoraban su nombre y ha aceptado rutas que podían conducir a la muerte. Su retorno culmina una autoridad demostrada mucho antes de que reclame públicamente la corona.
Después de la caída de Sauron, el libro se niega a terminar de inmediato. La Comarca también ha sido herida y debe ser liberada por quienes salieron de ella. Ese episodio muestra que la guerra no queda confinada a territorios lejanos y que los hobbits ya no pueden regresar a la inocencia inicial. Sam, Merry y Pippin encuentran un lugar en el hogar transformado; Frodo no. Su partida hacia el oeste reconoce una verdad difícil: algunas heridas pueden ser honradas y aliviadas, pero no curadas dentro del mundo que las produjo.
Este desenlace necesita el recorrido completo de los dos volúmenes anteriores. Llegar directamente a las batallas empobrece aquello que Tolkien ha preparado con tanta paciencia. La lectura deja una certeza difícil de olvidar: salvar el mundo y conservarlo intacto son cosas distintas. Frodo, Sam y la Comarca convierten esa diferencia en la verdadera medida de la victoria.
