Tolkien responde al informe del lector externo Edward Crankshaw sobre los materiales del Silmarillion que había entregado tras el almuerzo de noviembre: la Quenta Silmarillion en prosa y el largo poema inacabado La Gesta de Beren y Lúthien. Crankshaw ha rechazado el poema pero ha elogiado la prosa por su «brevedad y dignidad», aunque ha protestado por los «nombres celtas que rompen los ojos». La reacción de Tolkien es apasionada: la mayor alegría le llega al saber que el Silmarillion no ha sido rechazado con desdén. Confiesa haber sentido, desde que soltó ese «disparate privado y amado», una sensación de miedo y desamparo ridícula.
Sobre los nombres, replica con firmeza filológica que no son celtas — el propio Tolkien reconoce cierto rechazo hacia lo céltico, al que atribuye una «irracionalidad fundamental» — y que están construidos sobre dos fórmulas lingüísticas coherentes, alcanzando una realidad que otros inventores de nombres (Swift, Dunsany) no logran. La carta es un manifiesto involuntario sobre la cohesión lingüística del legendarium: para Tolkien, los nombres élficos no son ornamento sino sistema.
Como analiza Verlyn Flieger en A Question of Time y Dimitra Fimi en Tolkien, Race and Cultural History, la insistencia de Tolkien en distinguir sus lenguas inventadas del celta responde a una posición tanto estética como identitaria. La Quenta Silmarillion de 1937 formaría después la base textual sobre la que Christopher Tolkien construiría [El Silmarillion](https://arcastar.com/tolkien-obra/el-silmarillion/) publicado en 1977.


