Tolkien lamenta no disponer de tiempo para preparar una gramática y un vocabulario elementales de quenya y sindarin, aunque bromea con que ninguna de las dos lenguas es verdaderamente elemental.
Debe trabajar en ellas para reconciliar El Silmarillion con la situación lingüística publicada en El Señor de los Anillos. A los setenta y siete años atribuye parte de la lentitud a su propia pereza, pero la nota deja ver una dificultad objetiva: décadas de cambios en nombres, sonidos e historia tenían que convertirse en un sistema compatible.
